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By Jean Delumeau

Esta excepcional obra del historiador Jean Delumeau demuestra que no sólo los individuos, sino también las colectividades e incluso las civilizaciones pueden estar atrapadas en un permanente diálogo con el miedo, ofreciéndonos una sorprendente historia de Occidente desde el siglo XIV hasta el XVIII. Apoyándose en un vasto campo de observación #histórico, desde luego, pero también económico, sociológico, psicoanalítico, psicológico y antropológico# el autor traza el retrato de una sociedad traumatizada por l. a. peste, las guerras, las disputas religiosas y los angeles inseguridad permanente, y analiza l. a. instrumentalización del terror, sobre todo por parte de l. a. Iglesia. Este ensayo matiza los angeles imagen a veces idealizada del Renacimiento y desvela los angeles intimidad y las pesadillas de nuestro pasado, raíces de l. a. necesidad de seguridad que caracteriza a l. a. sociedad contemporánea.

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El segundo, lógico consigo mismo, se lamenta ante el honor: �Qué necesidad tengo de ir […] antes de que ella se dirija a mí? [se trata de l. a. muerte] �Puede acaso el honor reponer una pierna? No. �Un brazo? No. �Quitar el dolor de una herida? No. �El honor entiende algo de cirugía? No. �Qué es el honor? Una palabra. […] Por eso no quiero. El honor es un basic escudo, y así termina mi catecismo[24]. �Mordaz desmentido a todos los �Diálogos de honor» del siglo XVI! [25]. Se encuentran otros, por lo que se refiere al período renacentista, en obras que no eran de ficción. Commynes es, a este respecto, un testigo precioso, porque se atrevió a decir lo que los demás cronistas callaban sobre l. a. cobardía de ciertos grandes. Al relatar l. a. batalla de Montlhéry, en 1465, entre Luis XI y Carlos el Temerario, declara: �Jamás hubo fuga mayor por ambas partes». Un noble francés escapó de una tirada hasta Lusignan; un señor del condado de Charolais, dirigiéndose en sentido inverso, no se detuvo hasta llegar al Quenoy: �Estos dos no corrían el riesgo de morderse el uno al otro»[26]. En el capítulo que consagra al �miedo» y al �castigo de los angeles cobardía», Montaigne menciona también l. a. conducta poco gloriosa de ciertos nobles: [En el sitio de Roma (1527),] fue memorable el miedo que dominó, se apoderó y heló tanto el corazón de un gentilhombre que cayó muerto y tieso en l. a. brecha, sin ninguna herida[27]. En los angeles época de nuestros padres, sigue recordando, el señor de Franget […], gobernador de Fuenterrabía […] habiéndola rendido a los españoles, fue condenado a ser degradado de su nobleza, y tanto él como su posteridad declarados plebeyos pecheros, e incapaces de llevar armas; y esta ruda sentencia fue ejecutada en Lyón. Después sufrieron castigo semejante todos los gentilhombres que se encontraron en Guisa, cuando el conde de Nassau entró en ella (en 1536); y también otros después[28]. Miedo y cobardía no son sinónimos. Pero hay que preguntarse si el Renacimiento no quedó marcado por una toma de conciencia más nítida de las múltiples amenazas que pesan sobre los hombres en el combate y en otras partes, en este mundo y en el otro. De ahí los angeles cohabitación, muchas veces obvious en las crónicas del tiempo, de comportamientos valerosos y actitudes temerosas en una misma personalidad. Filippo-Maria Visconti (1392-1447) sostuvo guerras largas y difíciles. Pero hacía registrar a toda character que entraba en el castillo de Milán y prohibía detenerse junto a sus ventanas. Creía en los astros y en los angeles fatalidad, e invocaba al mismo tiempo l. a. protección de una legión de santos. Este gran lector de novelas de caballerías, este ferviente admirador de sus héroes, no quería oír hablar de l. a. muerte, e incluso hacía evacuar del castillo a sus favoritos agonizantes. Murió no obstante con dignidad[29]. Luis XI se le parece en más de un rasgo. Este rey inteligente, prudente y desconfiado, no careció de valor en graves circunstancias, por ejemplo, en los angeles batalla de Montlhéry o cuando se le avisó de su próximo fin, noticia —escribe Commynes— que �soportó virtuosamente, y todas las demás cosas, hasta en los angeles muerte, y más que ningún hombre que yo haya visto nunca morir»[30].

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